18 octubre, 2017

3 Postales de mi tierra: Kalistía




La ruta de asfalto es engullida por peñones allá donde llega la vista. El viento corta toda apariencia de quietud que pareciera envolver a las casuchas desperdigadas en ese rastro de civilización. De ese campamento sin almas un camino serpentea hacia el oeste. Cuando el cuerpo trepa a los cuatro mil metros o más hay una doble sensación de vacío: el estómago que parece desprenderse y el horror vertiginoso de los precipicios. Querer alcanzar el cielo puede ser desasosegante para los primeros viajeros. 


Donde muere la meseta de Pongo, nacen las montañas de Kalistía. Cada trecho, enormes torres eléctricas se pierden entre cañadones profundos y picos empinados que hace pensar que sólo gigantes las pudieron haber levantado. La estampa monótona de ocres contrastes que caracteriza al altiplano se corta en seco al atravesar una curva del camino. Pinceladas rojizas lo inundan todo, desde el polvo que persigue y se pega en las ruedas hasta las megalíticas cuevas naturales, entre cuyos manantiales de agua goteante brotan insólitos helechos. 


Paisaje de otros mundos, de montañas bermejas y pálidos atardeceres que semejan nunca terminar. La noche es negra allí de intenso basalto, como si no hubiera mañana. Tal cual el espinazo de una bestia prehistórica, un reguero de rocas inmensas se incrusta entre hondonadas y laderas. Moldeadas por tempestades, por el fiero látigo del viento, o por puños ensangrentados de criaturas míticas, sus paredes horadadas son el refugio de llamas que pastan en las cercanías y entre sus oquedades dormitan escurridizas vizcachas. No hay cóndores que se enseñoreen sobre esos aires tan enrarecidos.




PD.- Aquí la banda sonora
Fotos: Facebook


09 octubre, 2017

2 El Che y los revolucionarios de cocina




El Che es el fracasado más exitoso de la historia, valga el oxímoron. Justamente el día de hoy se cumple medio siglo de su muerte a manos del ejército boliviano. Y han llegado al país cientos de invitados de la internacional socialista, seguidores de todo pelaje y frikis de lo más diverso para celebrar su fracaso. A estos hay que añadir miles de fanáticos locales que habrán ido a fumarse unos porros y meterse unos tragos en la localidad de Vallegrande. Cincuenta años de armar el mismo jolgorio a nombre de un muertito tiene su gracia. Porque está claro, ninguno de estos admiradores lamenta, o al menos muestra algo de tristeza por su desaparición. El variopinto despliegue de actividades, desde verbenas populares, canto, poesía y hasta festivales de comida dan cuenta del ambiente carnavalesco que rodea al acontecimiento. 

Por supuesto que el turismo temático  se nutre de su leyenda, y el comercio oportunista idea mil formas para lucrar con su figura. Como vivimos en la sociedad del consumo, no falta quienes buscan con avidez productos que lleven su efigie; gorras, bufandas, camisetas, discos, libros, calzoncillos, tazas, vasos, prendedores, etc. Todo un icono pop, estandarte de los que se dicen contraculturales y rebeldes sin causa. Ser fan del Che es rompedor, original, irreverente y contestario; el poster favorito para quienes afirman odiar al capitalismo a muerte, aunque no tengan mayores problemas en comprar sus productos y gozar de sus ventajas. 

Así pues, uno se pregunta, qué tiene el Che para que tantos jóvenes sin oficio ni beneficio lo adoren como auténticas groupies de una banda de moda. Ciertamente, esa imagen barbada con aire soñador cuela en el imaginario popular. Con su aparente sacrificio personal como punta de lanza, no fue difícil elaborar una épica romántica que acompañe todo el asunto, a modo de nueva religión o secta.  El Che es el nuevo Jesucristo (véase el parecido de su logotipo con los iconos del nazareno), el relato de la revolución cubana hace de biblia, y Fidel Castro fungía de santo padre hasta que estiró la pata; su hermano Raúl, el finado Chávez y otros podrían hacer las veces de cardenales, y así sucesivamente hasta llegar a Evo Morales y Maradona como esperpénticos profetas de la lucha antiimperialista.

Quitándole el aura de “guerrillero heroico”, ¿qué es lo que queda?: un hombre de lo más normalito y hasta cierto punto despreciable por su evidente racismo (“los negros, esos magníficos ejemplares de la raza africana que han mantenido su pureza racial gracias al poco apego que le tienen al baño”), su recalcitrante machismo y menosprecio a las mujeres, el irresponsable abandono de sus hijos por sus aventuras guerrilleras, entre otros rasgos de su carácter. Consideración aparte, merece su desempeño en otras facetas de vida, empezando por no haber concluido su carrera de médico, sus sonados fracasos como comandante de las fuerzas cubanas en el Congo, posteriormente haciendo el ridículo como ministro del nuevo régimen en La Habana con sus alocados proyectos de industrialización, su pésimo manejo de relaciones diplomáticas a tal punto que se convirtió en un personaje incómodo para los Castro. Su incursión en Bolivia fue el culmen de sus desaciertos, demostrando que no tenía ni mínimo conocimiento del terreno que estaba pisando. En resumen, no hay en el mundo entero otro caso similar donde se mitifique hasta el paroxismo, la historia turbulenta de un personaje de dudosos méritos.

Y esperen, que el surrealismo no acaba ahí, en otra vuelta de tuerca al devenir histórico, Morales ha ordenado a su tropilla de generales y otros gerifaltes a rendirle homenaje al hombre que junto a su grupo ocasionó la muerte de 59 camaradas (casi todos hijos de campesinos y obreros) durante la campaña de Ñancahuazú. Escuadras de tropas escogidas animarán el circo para disfrute de la muchedumbre convocada y de todos los jerarcas reunidos. Son nuevos tiempos, proclaman los que se llenan la boca de discursos soberanistas y patrioteros, al malgastar gruesas sumas de dinero para santificar a un mercenario, un invasor, un extranjero que no vino a cazar palomitas. Los nuevos tiempos en que se pisotea la memoria de gente anónima que murió combatiéndolo. Para ellos ni una misa, ni un recordatorio oficial, pues son los asesinos del Che.

Yo no canto al Che
Yo no canto al Che
como tampoco he cantado a Stalin;
con el Che hablé bastante en México,
y en La Habana
me invitó, mordiendo el puro entre los labios,
como se invita a alguien a tomar un trago en la cantina,
a acompañarlo para ver cómo se fusila en el paredón de La Cabaña.
Yo no canto al Che,
como tampoco he cantado a Stalin;
que lo canten Neruda, Guillén y Cortázar,
ellos cantan al Che (los cantores de Stalin),
yo canto a los jóvenes de Checoslovaquia.

          Stefan Baciu, poeta rumano. 

06 octubre, 2017

2 Bolivianadas monumentales (parte 2)




Ah, el valle no había sido solamente tierra de chicha y chicharrón, cual dice la embriagadora canción; sino que también cuna de mentes de febril imaginación. La resaca de aquellos días habíame impedido dar a conocer todo el arte vernacular que florece en estos pagos, hasta por debajo de las piedras. En estos meses, casualmente, se está promocionando a todo gas el eslogan de “Cochabamba, tierra de campeones”, sin que los conozca yo quiénes son esos abanderados de deportividad, pujanza y temple; resultando un auténtico milagro en la villa de las panzas relucientes y apetitos infatigables. Campeonísimos de todo, privilegiados de habitar esta “tierra bendita”, ya podemos también enorgullecernos de la estampa ‘escultural’ de nuestras estatuas y otros monumentos,  que adornan innumerables plazas y avenidas para espanto del viajero cuerdo pero para plena satisfacción de los pobladores de este país de ensueño, el de las maravillas, la comarca del nunca jamás, que seguramente hubiera hecho de las delicias e inspirado a artistas tan dispares como El Bosco, Goya, George Grosz o James Ensor. Que no me creen, entonces; que estoy desfasado, que no me he enterado de las corrientes vanguardistas que asolan al mundo, que no sé apreciar la belleza en la fealdad, como apuntarían algunos; que soy un ignorante que merece unos palos, por no aplaudir esta desbordante creatividad, tal vez. Con todo, creo que involuntariamente me estoy convirtiendo en promocionador del turismo bizarro, de lo más exótico y aventurero, sólo apto para corazones sanos y estómagos fuertes. Que para todo hay mercado, aseguran los gurús del marketing. Como están las cosas, ha de ser verdad. Pasen y repasen las imágenes.



Fig 1.- monumento al héroe de la Guerra del Chaco, capitán Víctor Ustáriz, emplazado a pocas cuadras de mi residencia. Según he visto fotografías del mencionado militar, en ninguna se muestra que era chaparrito el hombre, de patitas cortas cual si fuera de mentiritas. Pero tal parece que el artista escultor no estaba en la labor de guardar las proporciones, ni mucho menos calcular la extensión de las extremidades, con unos brazos que a simple vista superan la longitud de las piernas. ¿o me falla la vista?  



Fig 2- monumento al rosquete, la joya gastronómica de la ‘Perla del Valle’, Punata. Otra edificante muestra de desproporcionalidad que no necesita mayor comentario. No hay derecho a ridiculizar tan feamente a las graciosas cholitas del Valle Alto.



Fig. 3.- Tiquipaya: monumento a la chola valluna, la cual se distingue habitualmente por sus aires desenfadados y figura macanuda. Caracterizarla de una manera tan burda debería rondar el delito.



Fig 4.- Cliza: grueso y tosco homenaje al maíz que, por su pinta, parece invadido por la roya u otra plaga. ¿Y qué pintará la ridícula columnata de estilo grecorromano en un monumento costumbrista?



Fig 5.- Fuente de agua en la plaza principal de Cliza. Resulta todo un enigma el despliegue recargado de bueyes uncidos al yugo, caballos encabritados, hombres que parecen pisotear un león vencido y un par de musas desnudas que arañan el cielo. Todo el conjunto encajado con calzador en una fuente tan pequeña. Boquiabierto me he quedado ante tan fértil imaginación del artista que parece que se pasó de dos copas, de chicha, por supuesto.



Fig 6.- Monumento al soldado desconocido en la plaza cívica de Cliza. Los cliceños, definitivamente, se llevan la flor de la exuberancia en cuanto a la exaltación de lo grotesco. De lo contrario, qué otra reacción puede despertar esta estatua que semeja la versión valluna del combatiente caído que inmortalizó la cámara del célebre Robert Capa. Ni un aprendiz de escultura se hubiera atrevido a perpetrar semejante engendro. 



Fig. 7.- Como broche de oro, nada mejor que ilustrar el desbordante folclorismo de nuestro paisito, con este gigantesco mamotreto de hormigón que imita la figura de un charango. No sólo habíamos tenido cristos y vírgenes descomunales, sino también monstruosos instrumentos con que dar el cante al mundo. Envidiadnos. 

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