23 septiembre, 2017

2 Bolivianadas: monumentales bienvenidas





Frecuentemente señalamos a Yanquilandia como la tierra de la desmesura, del despropósito hecho monumento, del disparate elevado a categoría de arte. Allá están obsesionados con la grandeza, se cuenta, y bien que lo hacen saber con grandes, enormes, monstruosas manifestaciones con todas sus letras que casi siempre bordean el mal gusto. Son bordes en todo, comentan algunos viajeros. Pero no hace falta viajar tan lejos para toparse con esos aires grandilocuentes; aquí también habíamos sido unos notables cultores de la megalomanía, sólo que a escala local. Antaño, solía darme una vuelta por varios pueblos aledaños a Cochabamba y siempre quedaba encantado con sus ambientes bucólicos, sus iglesias coloniales, sus placitas silenciosas de glorietas tipo carrusel, sus viejas edificaciones que rezumaban mucha historia. Cada viaje suponía un nuevo descubrimiento, una distinta forma de ver las cosas, pero siempre la misma satisfacción de haber acumulado gratas experiencias además de conocimiento.  

Hoy, apesadumbrado compruebo que gran parte de ese patrimonio natural, cultural y arquitectónico se ha venido abajo por acción de los propios habitantes, a título de subirse al carro de la modernidad. Con honda tristeza he ido recorriendo esas viejas callejas donde otrora abundaban los portones y tejados, reemplazados por fachadas de ladrillo desnudo y franjas de cemento sin estética alguna. Ya es una constante que los edificios ediles y otras construcciones históricas sean borrados del mapa, y en su lugar se levanten “modernos” edificios de cristal y hormigón donde a veces el nombre del municipio se anuncia en aberrantes luces de neón, para lucimiento de sus alcaldes, los mayores responsables de la chocante transformación.

Ya no hace falta ni adentrarse a los poblados para hacerse una idea del desastre, bastará con fijar la vista en los arcos de bienvenida y otros implementos urbanísticos que buscan impresionar a los forasteros. Antes era una rareza ver a la entrada de toda población estos monumentales ejemplos de fondos tirados a la basura. En una suerte de pueril competencia por popularidad y sabe Dios qué otros afanes, los alcaldes y otros funcionarios adornan sus egos, creyendo cándidamente que son más originales que sus colegas de las comarcas adyacentes. Esta es una pequeña muestra que atañe a algunos municipios vallunos, muy cercanos a la Llajta, que tampoco se salva del barroquismo chillón, como todo pueblo grande. ¡Qué será del resto de Bolivia!, no quiero ni pensarlo. Aunque para todo hay seguidores en este mundo de locos. Bienvenidos turistas de lo exótico, de las pato-aventuras y de las emociones fuertes, que en ello, Bolivia es el paraíso, precisamente. Como se dice en tierras ibéricas, alguien se ha pasado tres pueblos. ¿Seré yo? Observen y saquen sus conclusiones:


El arco de Constantino, versión valluna, erigido trabajosamente con el gentil auspicio de la cementera asentada en las inmediaciones. Con tanta piedra abundando en la zona, pudieron habérselo currado mejor. Pero había que hacer un monumento al cemento, por coherencia, me imagino.


Municipio de Vacas, si al menos hubieran puesto unas vaquitas para hacer honor al nombre, pero optaron por un Cristo y unos ángeles guardianes, ya parece. 


Villa Rivero, qué manera de colgar objetos: un libro, una caja, y una torrecita que parece mecerse en el aire. ¿Será una alusión al presidente colgado, Gualberto Villarroel? 


Punata, denominada por sus habitantes la Perla del Valle: a sus autoridades no se les ocurrió otra cosa que adornarse con un choclo gigante, una yunta de bueyes, unos fieros caballos y un aguerrido lancero que ataca al cielo, entre otras perlas. Todo en un rejunte que no tiene ni pies ni cabeza, ni mucho menos sentido alguno.


Cliza, este arco parece resumir la esencia del cochabambinismo rancio: chicha a cántaros, sombrero valluno, “ricos pichones” a la brasa y un Cristo con rostro sufrido que aparece semiescondido, pero que tenía que figurar de todas maneras.  


Tarata, pueblo colonial caracterizado por sus impresionantes iglesias y casonas antiguas, pésimamente anunciado por una maqueta surgida de la mente trasnochada de un estudiante primerizo de arquitectura. Las letras doradas son un insulto al verdor de los molles y otros árboles del camino.


Tiquipaya, pueblo que se enorgullece de sus flores y jardines, ridículamente simbolizado por una torre que parece comprada de una feria de miniaturas. Y ese brazo incrustado en sus entrañas, que semeja el boomerang extraviado de algún gigante, no tiene parangón en kilómetros a la redonda. 


Para terminar, he aquí un ejemplo de lujuriante tropicalismo: Villa Tunari, un pueblo enclavado en el trópico cochabambino, anuncia su estampa turística con este pantagruélico mamotreto de puro hormigón, en una suerte de broma al visitante. Esta obra parece perpetrada en una noche de verde borrachera. Qué descacharrante eso de llamar 'paraíso etnoecoturístico' con un toldo de cemento en medio de la selva. Dos troncos atravesados tendrían más coherencia. 


14 septiembre, 2017

2 Una de empanadas y rosquetes








Anoche vi en la televisión que el caudillo y su socio vicepresidencial fueron silbados y abucheados por un sector de la población cuando encabezaban el Desfile de Teas en una céntrica calle cochabambina. Nada parecía hacer mella en sus rostros grotescos de sonrisas prefabricadas y saludos amanerados que repartían a cualquier parte de la multitud para disimular. Indudablemente, causaba gracia aquel despliegue folclórico y policromático de autoridades con bandolera, uniformados con charreteras flanqueando, estandartes de toda laya y hasta azafatas disfrazadas de cholas vallunas bien aderezadas de celeste y blanco, a juego con los colores locales. “Fue el primerooo, salchicherooo, en la lucha marciaaal...”, solíamos cantar-en voz baja- cada vez que tocaba ensayar las sagradas notas del himno a Cochabamba, mientras nos aguantábamos las ganas de orinar. Fue hace tantos años, pero bien que me acuerdo, carajo.

Este día, 14 de septiembre, que se celebra a todo bombo y trompeta el aniversario departamental, me vienen a la mente las horas cívicas de mis tiempos de escolar. Menos mal que he olvidado toda esa parafernalia patriotera de representaciones históricas y demás puestas en escena que cada tanto se repiten en los patios de todas las escuelas de Bolivia. Para recordar a los héroes y protomártires, dicen. Y bien que recordamos su legado, jodiendo de mil maneras al país a cada rato. La historia de Bolivia es un bucle de un agujero negro que nunca termina.

Pero lo que no he olvidado son las sabrosas degustaciones que, tras esas agotadoras horas cívicas, efectuábamos en las puertas del establecimiento o inmediaciones. En otras ocasiones, cuando tocaba realizar los desfiles en la plaza del pueblo, apostadas en las esquinas, las vendedoras aguardaban con sus canastos repletos de bizcochos y otras masitas. Ese era el consuelo para tener que asolearnos durante horas frente al inmueble de la alcaldía donde reposaba el altar dedicado a los libertadores. Sonaban los himnos, agotábamos las gargantas de tanto cantar y gritar vivas y glorias a un sinfín de personajes. Y el cansino acordeón mal afinado, del profe de música, que nunca callaba. Por fin, casi al mediodía sonaba el silbato de retirada general y aquel mosaico de guardapolvos y uniformes se deshacía instantáneamente para ir al asalto de cualquier cosa que llevarse a la boca porque el estómago rugía de hambre. 

Me cuentan hoy que esas míticas moldeadoras de rosquetes y empanadas rellenas con dulce de lacayote se han ido muriendo junto con la tradición. Nada había más suculento que chuparse los dedos después de devorar esos acaramelados rosquetes de textura blanda y entrañas de arrebatadora delicia con toques de canela. Tanta dulzura contenían aquellos manjares que las vendedoras tenían que lidiar en todo momento con las abejas que pululaban alrededor de los canastos. Ya en esos tiempos, circulaba la noticia de que una de esas artesanas había muerto del corazón por una de esas picaduras. 

Ciertamente, los famosos rosquetes blancos de Punata son dignos de comerse pero, al ser tan duros y faltos de relleno, nunca se me antojan al contemplarlos en la calle. Además, a mí todo lo merengue –empezando por mi aversión al Real Madrid- me empacha desde el principio. Ni modo, queda nomás vivir de dulces evocaciones porque mucho ha que no he vuelto a probar aquellas prodigiosas lamp’aqanas (empanadas de lacayote), de bordes crocantes y sabores insuperables. Encargué que me trajeran por lo menos unos rosquetes de la plaza de Independencia, pero al verlos que ahora los vendían sobre carretillas sentí un mal presentimiento. Efectivamente, su relleno era una miseria de dulce de lacayote y su masa una desgracia incomible. Se me despertaron las ganas de llorar. 

Pero mejor que se despierten las risas de antaño cuando pervertíamos los inmaculados himnos, en una suerte de inconsciente rebelión contra todo lo obligatorio. Había en el pueblo, una vieja vendedora de empanadas y rosquetes que respondía al apodo de la Ch’aska, no recuerdo si por su apariencia desarreglada o por sus largas pestañas. A quién se le habrá ocurrido dedicarle un chusco homenaje con una estrofa, no lo sé. El hecho es que cada vez que nos tocaba ensayar la Marcha Naval, no faltaba una vocecilla que cambiaba la letra justo cuando entonábamos la parte del coro, mientras el profesor de música entornaba las orejas para atrapar al díscolo. Tanto martillarnos con cánticos sobre un mar fantasmagórico, algo había que hacer, me digo en retrospectiva. He aquí las dos versiones, la del himno marítimo y la de un grupo de chicos, cuyo afán era en ese entonces echarse unas risas y nada más. 

“Antofagasta, tierra hermosa
Tocopilla, Mejillones, junto al mar
con Cobija y Calama, otra vez
a la patria volverá, volverá”.

“thanta(avejentada) canasta de la Ch’aska
empanadas y rosquetes junto al té
con cobija y frazada, otra vez
a la cama volverá, volverá.




P.S. Escuchen el himno naval, y sabrán qué bien encajan los versos apócrifos.


07 septiembre, 2017

2 De paseos peatónicos y otros días jacarandosos


Lo único jacarandoso de ese dia fue este magnífico ejemplar


Gracias al majete de nuestro alcalde, el domingo pasado me vi obligado a callejear por cinco kilómetros. En estos tiempos de asfalto tal recorrido equivale a un calvario, mucho peor cuando ya no queda el amparo de la sombra de los árboles. Un verdadero festín han hecho de la Ciudad Jardín los burócratas de urbanismo y los empresarios del ladrillo. Sólo queda el cielo sobre nuestras cabezas, porque abajo y a los costados todo se ha plagado de espantosas moles de hormigón y ríos de lava apisonada que parecen las avenidas. Con autos la ciudad por lo menos tiene sentido, sin ellos es otro desierto que lamentar, pero más opresivo, monótono y deprimente. 

Así lo corroboré andando a pata desde la zona del estadio hasta un tercio de la Blanco Galindo. Gran pecado había que pagar por no tener bicicleta para sumarme a la manada ciclística que despierta sus instintos “saludables” tres domingos al año. Nuestro alcalde de la perenne sonrisa, en su cruzada por “revitalizar” los espacios públicos (ya lo hizo con la plaza principal donde lejos de añadir áreas verdes y plantar más árboles, a la inversa, derribó algunos y añadió más baldosas), puso sus blandas piernas a pedalear a la par que inauguraba unos kilómetros de ciclovía. Pocos días después, el recién pintado carril había sido transformado en parqueadero de motos a la vista de todos. Luego se asentarán las anticucheras, las hamburgueseras y demás comerciantes de comida chatarra para aprovisionar a los ocasionales ciclistas. Ah, los bolis somos incorregibles y después queremos que otros países nos imiten en esto de paralizar calles y carreteras y ponerle trancas a la economía con pretextos de combatir la contaminación. 

Para no hablar en balde y por pura envidia como me retrucarían algunos, salí a caminar con el beneficio de la duda esperando que tal evento por lo menos hubiese mejorado en sus casi veinte años que ya lleva institucionalizado y que ha sido emulado por otras ciudades del país (para orgullo de los cochabambinos, ajajay). En todo el trayecto no vi un solo basurero (con unos turriles colocados cada cierta distancia hubiera bastado), y luego al día siguiente las autoridades tratan de disimular cuando los informativos muestran regueros de basura en toda la ciudad. Atacándome la sed no hallé ni un puesto de fruta fresca y, por el contrario, pululaban los letreros con anuncios de salteñas, empanadas, chorizos y pollos. Y para terminar de adornar el panorama no faltaban improvisados tendederos de ropa vieja y otras baratijas de diversa índole. La ciudad entera convertida en un mercadillo gigantesco al aire libre, vulgar merendero, muladar y meadero. 

Días de feria multiplicada, de silencio automovilístico, de ruido comerciante, de altavoces a todo decibelio. Lo del ecologismo, un triste cuento que se creen cuatro gatos y otros bichos.


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